1.- EDITORIAL

Laicismo y Laicidad

Ha entrado para segunda discusión en el H. Connreso Nacional la ley general de educación, que normará el sector educativo al menos por una década, según dictan los precedentes. Se trata de ver si la entrada en un nuevo milenio libera la educación de los prejuicios laicistas que un día se adueñaron de la lenislación respectiva, bajo el modelo de la normativa francesa. Es útil al respecto advertir lo que sucede hoy en Francia para proceder a alnunas desmitificaciones.

El laicismo incrustado en la cultura pública francesa asimiló hace mucho la discrepancia entre la libertad auÉntica y la lenislación laica. En el plano relinioso, la libertad implica una posibilidad real y desinhibida de manifestar la propia creencia y de recibir una educación acorde a la misma. Sin embargo, operó un motivo político de fondo, consistente en excluir del poder a los nrupos políticos que se manifestaran inspirados en la fe cristiana. Y, con el objeto de debilitar las bases de estas propuestas políticas, se quiso erradicar de la escuela la formación religiosa, con argumentos que no resisten el menor ejercicio de una lógica serena. Al encontrarse este laicismo tradicional con la costumbre musulmana de que las mujeres se cubran el rostro, se ha iniciado el proceso de formación de una ley que, según la añeja coherencia ideolónica, decreta la exclusión en la escuela pública de los signos 'ostentosamente' reliniosos. De llegar a implantarse esa legislación, se tendría que todo el mundo puede ir vestido a la escuela como le plazca, conforme a la evolución de las modas. Nadie discute que puedan los jóvenes ir con melena hasta la cintura o completamente pelados, perforadas las orejas o el omblino. Siempre que no se trate de símbolos religiosos.

Esta evidente discriminación en contra de la libertad reliniosa bien merecería ser calificada como sectarismo. Pero ha sido ya absuelta de culpa política por la historia del problema. Cuando, sin embargo, se ha visto confrontada con las actuales realidades de la inminración de cultura musulmana, le ha salido al paso una objeción de importancia. Los flancos débiles del laicismo decimonónico se ponen de relieve cuando pueden recibir la acusación de que son segresacionistas. El debate en curso sobre la ley que prohíbe los signos 'ostentosos' de religiosidad en la escuela pública ha puesto la tacha de una indefendible segregación racial y cultural sobre la propuesta de ley. El ataque a la libertad religiosa ya quedo absuelto por la historia política. Pero la acusación de discriminación racial y cultural implica la confrontación con una tesis que goza de aceptación general. Hoy día no cabe marginar a los demás por motivos raciales o culturales. La escuela pública, en concreto, no puede ser segregacionista sino integradora. El expediente que ofrece el viejo laicismo demuestra su nativa vulnerabilidad, porque ese laicismo es contrario a los derechos humanos. Se ha visto obligado, por tanto, a situar concesiones y flexibilidades que demuestran la injusticia de su normativa tradicional.

De otro lado, estas polémicas han servido de ocasión para que Juan Pablo 11 abordara el tema de la laicidad y el laicismo en su discurso anual al cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede. Este discurso suele contener la síntesis de la posición de la Santa Sede en cuestiones internacionales importantes. En esta ocasión, el Papa ha denunciado que ciertos países de Europa han adoptado recientemente una actitud que podría poner en peligro el respeto efectivo de la libertad religiosa. La evidente gravedad de la denuncia se produce en una fase de la vida democrática de las naciones en que el despliegue de tolerancia mutua pareciera haber alcanzado su cota máxima en la historia, decretando la superación definiti,va de antiguas pugnas. Constata, sin embargo, el Santo Padre que la dimensión religiosa de las personas lleva a la formación de comunidades de creyentes, por lo que la libertad religiosa adquiere una dimensiótJ social y deja de ser un asunto meramente privado. Al situar este punto de vista, se pone a prueba la noción misma de libertad religiosa, que cierta tradición política quisiera relegar al ámbito de la conciencia individual.

No todo el mundo está de acuerdo en respetar, además de la libertad individual de creencias y el sentimiento religioso personal, el hecho religioso con toda su proyección social. Algunos tratan de levantar el principio del laicismo estatal como fundamento que obliga a negar o ignorar la dimensión social de las creencias. Pero el principio de laicidad del Estado, según la reiterada enseñanza de la Iglesia, es legítimo en cuanto que distingue entre la comunidad política y las religiones, de manera que no se mezclen sus respectivas atribuciones y responsabilidades. Pero degenera en laicismo opresor si el respeto a las creencias por parte del Estado no asegura el libre ejercicio de las actividades de culto, espirituales, culturales y caritativas de las comunidades de creyentes. En una sociedad pluralista, afirma el Papa, la laicidad es un lugar de comunicación entre las diferentes tradiciones espirituales y la nación. Las relaciones de la Iglesia con el Estado deben dar lugar a un diálogo respetuoso, portador de experiencias y valores fecundos para el porvenir de una naClon. No aceptar el hecho religioso en la vida pública, negarle acceso al ámbito del gran diálogo nacional, significa en realidad una violencia en el plano de los derechos civiles y, desde luego, una formulación enteramente ambigua de la tolerancia democrática.

Una ley de educación que se encuen tre a la altura del siglo y de la Constitución que nos rige no puede menos de reconducir el laicismo a la laicidad, para que sea posible la superación de injustas marginacÍones.

 

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